El viento aullaba entre los picos de los Cárpatos, pero dentro del castillo de Poenari, los aldeanos dormían en paz. Sabían que, al caer la noche, la fortaleza no quedaba desamparada.En lo alto de la torre del homenaje, Vladislav observaba el valle. Su piel era pálida como la luna y sus ojos reflejaban siglos de vigilia. Era un vampiro, un auténtico hijo de la noche, pero no un monstruo. Su linaje había jurado un pacto de sangre con los humanos: sustento a cambio de protección eterna.Abajo, en la linde del bosque, las antorchas de un ejército invasor brillaron. Cientos de mercenarios ascendían con espadas desenvainadas, listos para saquear la aldea fortificada.Vladislav no necesitó armas. Se dejó caer al vacío, transformando su cuerpo en una ráfaga de sombras y niebla antes de tocar el suelo. Sus hermanos de clan emergieron de las criptas del castillo como relámpagos oscuros.El choque fue silencioso y brutal. Con velocidad sobrehumana y garras de acero, los guardianes nocturnos desmantelaron las líneas enemigas. Los invasores, aterrorizados al ver que sus espadas solo cortaban el aire, huyeron en desbandada, creyendo haber provocado la ira de la misma montaña.Al amanecer, cuando el primer rayo de sol tiñó de rojo las cumbres de Transilvania, Vladislav y su clan ya se habían retirado a la penumbra de las catacumbas. El peligro había pasado. Los humanos despertaron con el canto de las aves, seguros bajo el amparo de sus guardianes eternos.